martes, 21 de enero de 2020

9. LARGUIRUCHOS Y REDONDO

Un cuento sobre el "bullying" con final feliz




miércoles, 3 de abril de 2019

sábado, 18 de agosto de 2018

7. Proyecto CUENTECITO

Os dejo aquí esta breve presentación del proyecto en que estoy trabajando. Se llama CUENTECITO y se compone de muchos cuentos infantiles en forma de cortometraje. La escritora y directora de los cuentos soy yo. Los dibujantes y actores, niños y niñas que trabajan juntos sin que sus diferentes capacidades les impidan formar un gran equipo. Algunos de los pequeños protagonistas os lo explican en este vídeo. 






domingo, 25 de octubre de 2015

6. ELOGIO DE LA DESOBEDIENCIA. Vivisección de una lombriz.

Un día, en una edad en que todavía éramos niñas (al menos lo era yo, la niña empollona, despistes, palillo, espárrago, espagueti), las estudiantes del Colegio Patrocinio de San José realizamos una actividad práctica en clase de ciencias. Consistía en abrir longitudinalmente una lombriz y clavar hacia los lados con alfileres su piel abierta, dejando al descubierto el interior.

Recuerdo una confusa sensación de muchísimas lombrices, docenas, cientos, miles de lombrices… ¿muertas, vivas, anestesiadas, dormidas? (eso no puedo recordarlo) que el profesor, la profesora, el maestro, la maestra (tampoco lo recuerdo exactamente) repartió entre las alumnas. Muertas no creo que estuvieran, porque el objetivo de la actividad era observar en directo el funcionamiento de algún órgano interno que ni siquiera llegué a distinguir.

Teniendo en cuenta que en el mundo existen (o han existido, eso sí puedo asegurarlo) niños que disfrutan desmembrando moscas, apedreando ranas, inflando sapos, e incluso quemando gatos o ahorcando cisnes (en mi infancia tuve la desgracia de presenciar algún espectáculo más que horroroso), la vivisección de una lombriz puede parecer una minucia. Pero lo cierto es, y ríase quien quiera de mi ridícula debilidad, que aquella orden de mis superiores me pareció monstruosa. El mareo me nublaba la vista y no podía controlar el temblor de mis manos, de modo que realicé mi tarea bastante mal: armé una terrible carnicería en miniatura.

Y decía para mis adentros: “No quiero, no quiero hacerlo, digo que no, digo que no, digo que no, digo que no”.

Pero me habían dicho: “Las niñas buenas obedecen a sus mayores”.

Mi adiestramiento en la obediencia me empujaba a cumplir las órdenes de mi maestro para ser buena, mientras un íntimo sentimiento me decía: cometer esta estúpida crueldad no puede ser algo bueno. Y así, debatiéndome entre dos ideas enfrentadas de bondad, me vi en la disyuntiva de optar por ser mala para ser considerada buena, o ser buena para ser considerada mala.

¿Era realmente necesario aquel experimento? ¿Qué nos aportó? Dudo que alguna de las niñas que consiguieron realizar la tarea con la suficiente frialdad, o con la suficiente inconsciencia, pueda, a estas alturas, darnos una charla sobre la anatomía interna de la lombriz común. A no ser que se haya hecho bióloga ─o experta pescadora─.

Yo me sentí indefensa, asustada, asqueada, triste, perpleja y, sobre todo, avergonzada.

Avergonzada por no haber sido capaz de desobedecer.

Pero, en medio de toda esa oscura conmoción de mi corazón y mi cerebro, una sensación diferente, positiva, consiguió imponerse. De pronto sentí que había descubierto algo. Que una sospecha, o una pequeña luz, había nacido dentro de mí y crecía, dándoles a mis creencias y mis confianzas infantiles un aspecto nuevo, insospechado. Y comencé a hacerme las siguientes preguntas:

¿Es lo mismo obediencia que bondad?
¿Son buenos los adultos?
¿De verdad distinguen los adultos, incluso los que parecen inteligentes y buenos, lo que está bien de lo que está mal?
¿Debo creer siempre lo que me dicen los adultos?
¿Debo aprender todo lo que me enseñan los adultos?
¿Debo obedecer a los adultos?


domingo, 10 de noviembre de 2013

5. LA OTRA BELLEZA

Obra de infancia de Marta Ferreras
Siendo niña, mi abuela me encargó una pintura al óleo: pidió que le pintara un florero. Yo, sin la más mínima malicia, pinté del natural una rosa y cuatro capullos algo marchitos metidos en un simple vaso con agua. Al principio no estaban marchitos, pero tardé en pintar el cuadro y se fueron ajando poco a poco. Había en ese melancólico declinar de la vida una tristeza profundamente hermosa que no rechacé: permití que se fuera apoderando del cuadro. Cuando lo terminé sentí que había logrado algo; pensé que, teniendo en cuenta mi edad, me había quedado bastante bien. Pero a mi abuela no le gustó y no pude comprender por qué. Ahora sí lo comprendo y veo también que, casi sin conciencia de ello, la niña que yo era sentía ya ese amor, esa atracción por lo deteriorado, lo marginal, el ser humilde al que juzgamos insignificante y no suficientemente bello.
Hubo épocas en que se consideraba más valioso el retrato de un rey que el de un mendigo. La gente creía en las jerarquías de una manera terrible, no sólo en el tema artístico sino en todos los aspectos de la vida. Aún sigue ocurriendo. Se admira el diamante y se desprecia el guijarro. Casi todas las muchachas, lo confiesen o no, sueñan con zapatitos de cristal y fiestas palaciegas.

Obra del artista croata Mijo Covacic


Sin embargo, hace ya siglos que los artistas descubrieron la otra belleza: es una visión misteriosa que se instala en algún lugar recóndito de nuestro ser, lejos de esa mirada práctica del animal que somos, que considera bello tan sólo lo que se acompaña de algún beneficio o satisfacción para el organismo en su sentido más puramente físico: siempre fueron bellas las flores, bello el sol, bello el día apacible, bella la mujer joven apta para el placer o la procreación, bello el niño sano, bellas las mansiones lujosas y cómodas. Pero los Románticos alabaron la sublime tormenta, Caravaggio pintó pies sucios y frutas picadas, Ribera retrató al niño cojo en la pose de un príncipe.
Y, antes de todo eso, Durero había hablado de una idea de belleza más amplia y compleja y había sugerido algo que, todavía hoy, mucha gente no comparte o no logra comprender: que no es el motivo o el modelo bello (establecido como bello por la mayoría) sino la bella realización lo que hace valiosa una obra de arte.
(Mirad, si no, esta obra de Mijo Kovacic).
En su poema "Mujeres hermosas" Walt Whitman escribió: "Mujeres se sientan o van de un lado a otro, algunas ancianas, algunas jóvenes; las jóvenes son hermosas, pero las ancianas son más hermosas que las jóvenes".
No sé si, desde un punto de vista animal y práctico, será ésta una forma enferma de mirar las cosas. En caso de que sea una enfermedad, yo también la padezco.