miércoles, 3 de abril de 2019

sábado, 18 de agosto de 2018

7. Proyecto CUENTECITO

Os dejo aquí esta breve presentación del proyecto en que estoy trabajando. Se llama CUENTECITO y se compone de muchos cuentos infantiles en forma de cortometraje. La escritora y directora de los cuentos soy yo. Los dibujantes y actores, niños y niñas que trabajan juntos sin que sus diferentes capacidades les impidan formar un gran equipo. Algunos de los pequeños protagonistas os lo explican en este vídeo. 






domingo, 25 de octubre de 2015

6. ELOGIO DE LA DESOBEDIENCIA. Vivisección de una lombriz.

Un día, en una edad en que todavía éramos niñas (al menos lo era yo, la niña empollona, despistes, palillo, espárrago, espagueti), las estudiantes del Colegio Patrocinio de San José realizamos una actividad práctica en clase de ciencias. Consistía en abrir longitudinalmente una lombriz y clavar hacia los lados con alfileres su piel abierta, dejando al descubierto el interior.

Recuerdo una confusa sensación de muchísimas lombrices, docenas, cientos, miles de lombrices… ¿muertas, vivas, anestesiadas, dormidas? (eso no puedo recordarlo) que el profesor, la profesora, el maestro, la maestra (tampoco lo recuerdo exactamente) repartió entre las alumnas. Muertas no creo que estuvieran, porque el objetivo de la actividad era observar en directo el funcionamiento de algún órgano interno que ni siquiera llegué a distinguir.

Teniendo en cuenta que en el mundo existen (o han existido, eso sí puedo asegurarlo) niños que disfrutan desmembrando moscas, apedreando ranas, inflando sapos, e incluso quemando gatos o ahorcando cisnes (en mi infancia tuve la desgracia de presenciar algún espectáculo más que horroroso), la vivisección de una lombriz puede parecer una minucia. Pero lo cierto es, y ríase quien quiera de mi ridícula debilidad, que aquella orden de mis superiores me pareció monstruosa. El mareo me nublaba la vista y no podía controlar el temblor de mis manos, de modo que realicé mi tarea bastante mal: armé una terrible carnicería en miniatura.

Y decía para mis adentros: “No quiero, no quiero hacerlo, digo que no, digo que no, digo que no, digo que no”.

Pero me habían dicho: “Las niñas buenas obedecen a sus mayores”.

Mi adiestramiento en la obediencia me empujaba a cumplir las órdenes de mi maestro para ser buena, mientras un íntimo sentimiento me decía: cometer esta estúpida crueldad no puede ser algo bueno. Y así, debatiéndome entre dos ideas enfrentadas de bondad, me vi en la disyuntiva de optar por ser mala para ser considerada buena, o ser buena para ser considerada mala.

¿Era realmente necesario aquel experimento? ¿Qué nos aportó? Dudo que alguna de las niñas que consiguieron realizar la tarea con la suficiente frialdad, o con la suficiente inconsciencia, pueda, a estas alturas, darnos una charla sobre la anatomía interna de la lombriz común. A no ser que se haya hecho bióloga ─o experta pescadora─.

Yo me sentí indefensa, asustada, asqueada, triste, perpleja y, sobre todo, avergonzada.

Avergonzada por no haber sido capaz de desobedecer.

Pero, en medio de toda esa oscura conmoción de mi corazón y mi cerebro, una sensación diferente, positiva, consiguió imponerse. De pronto sentí que había descubierto algo. Que una sospecha, o una pequeña luz, había nacido dentro de mí y crecía, dándoles a mis creencias y mis confianzas infantiles un aspecto nuevo, insospechado. Y comencé a hacerme las siguientes preguntas:

¿Es lo mismo obediencia que bondad?
¿Son buenos los adultos?
¿De verdad distinguen los adultos, incluso los que parecen inteligentes y buenos, lo que está bien de lo que está mal?
¿Debo creer siempre lo que me dicen los adultos?
¿Debo aprender todo lo que me enseñan los adultos?
¿Debo obedecer a los adultos?


domingo, 10 de noviembre de 2013

5. LA OTRA BELLEZA

Obra de infancia de Marta Ferreras
Siendo niña, mi abuela me encargó una pintura al óleo: pidió que le pintara un florero. Yo, sin la más mínima malicia, pinté del natural una rosa y cuatro capullos algo marchitos metidos en un simple vaso con agua. Al principio no estaban marchitos, pero tardé en pintar el cuadro y se fueron ajando poco a poco. Había en ese melancólico declinar de la vida una tristeza profundamente hermosa que no rechacé: permití que se fuera apoderando del cuadro. Cuando lo terminé sentí que había logrado algo; pensé que, teniendo en cuenta mi edad, me había quedado bastante bien. Pero a mi abuela no le gustó y no pude comprender por qué. Ahora sí lo comprendo y veo también que, casi sin conciencia de ello, la niña que yo era sentía ya ese amor, esa atracción por lo deteriorado, lo marginal, el ser humilde al que juzgamos insignificante y no suficientemente bello.
Hubo épocas en que se consideraba más valioso el retrato de un rey que el de un mendigo. La gente creía en las jerarquías de una manera terrible, no sólo en el tema artístico sino en todos los aspectos de la vida. Aún sigue ocurriendo. Se admira el diamante y se desprecia el guijarro. Casi todas las muchachas, lo confiesen o no, sueñan con zapatitos de cristal y fiestas palaciegas.

Obra del artista croata Mijo Covacic


Sin embargo, hace ya siglos que los artistas descubrieron la otra belleza: es una visión misteriosa que se instala en algún lugar recóndito de nuestro ser, lejos de esa mirada práctica del animal que somos, que considera bello tan sólo lo que se acompaña de algún beneficio o satisfacción para el organismo en su sentido más puramente físico: siempre fueron bellas las flores, bello el sol, bello el día apacible, bella la mujer joven apta para el placer o la procreación, bello el niño sano, bellas las mansiones lujosas y cómodas. Pero los Románticos alabaron la sublime tormenta, Caravaggio pintó pies sucios y frutas picadas, Ribera retrató al niño cojo en la pose de un príncipe.
Y, antes de todo eso, Durero había hablado de una idea de belleza más amplia y compleja y había sugerido algo que, todavía hoy, mucha gente no comparte o no logra comprender: que no es el motivo o el modelo bello (establecido como bello por la mayoría) sino la bella realización lo que hace valiosa una obra de arte.
(Mirad, si no, esta obra de Mijo Kovacic).
En su poema "Mujeres hermosas" Walt Whitman escribió: "Mujeres se sientan o van de un lado a otro, algunas ancianas, algunas jóvenes; las jóvenes son hermosas, pero las ancianas son más hermosas que las jóvenes".
No sé si, desde un punto de vista animal y práctico, será ésta una forma enferma de mirar las cosas. En caso de que sea una enfermedad, yo también la padezco.

jueves, 11 de octubre de 2012

4. ANIMALES DE PLÁSTICO EN EL PARAÍSO

Fotofantasía de Marta Ferreras
PRIMERA PARTE
Una mañana entro en el Banco para poner al día mi libreta. Observo que en el despacho del director, que tiene la puerta abierta, varias personas están reunidas en torno a una mesa ovalada. Hay dos chicas jóvenes. Deduzco para mis adentros que son aspirantes a un puesto de trabajo y que una de ellas, la que tiene los ojos enrojecidos por el llanto, no ha pasado la prueba.
El director descubre mi presencia y me llama, me empuja con simpática autoridad a hacer yo misma la prueba. “Tienes que empaquetar estas frutas” me dice, “en el menor tiempo posible y calcular el precio exacto del paquete”.
Busco con la mirada algún embalaje lo suficientemente higiénico pero no veo ninguno. Hago una caja con un cartón que encuentro en la calle junto a un contenedor. Aturdida por los nervios a pesar de que no sé de qué va el asunto ni me interesa, meto dos kiwis, un melón, un racimo de plátanos, un puñado de calamares envueltos en un cucurucho de papel de periódico  y, finalmente, la mitad de un mango maduro con hilachas de pulpa colgando del hueso. Cierro el paquete, que rezuma líquido, y digo: “Diez euros”.
El director examina el paquete con mirada crítica y, con gesto de hacer una pequeña concesión, me dice. “Aprobada”. Yo me extraño, porque el paquete es repugnante.
Pero me siento aliviada, satisfecha de haber pasado la prueba, y salgo a tomar café en compañía de una bancaria, que no banquera, muy agradable. Concentradas en nuestra alegre conversación olvidamos el café, nos alejamos sin querer de la ciudad. Y entonces descubro la sorpresa que me reservaba la muchacha:
¿Por dónde me ha traído? No lo sé pero estoy deslumbrada, a punto de llorar ante un paisaje de una belleza sobrenatural, estremecedora. Es más que una playa, es una playa mítica y desconocida, como vista por los ojos de un niño muy pequeño. Desde nuestro alto mirador divisamos siluetas de barcos antiguos, difuminados tras una neblina dorada. La silenciosa soledad parece música. El mar, un poco revuelto, brilla con pequeños puntitos parpadeantes bajo el resplandor de oro y algunos rizos de espuma salpican las rocas de la orilla. Con la vista borrosa por las lágrimas extiendo mi mano y grito: “¡Mira!”.
En dirección hacia lo más profundo, en fila, nadan con lentitud algunos animales: cebra, ciervo, vaca, tigre, caballo, pantera…. Son de plástico: son animalitos de juguetería pero de tamaño natural.
¡Avanzan juntos, no luchan entre ellos!
Abandono el mirador con el corazón palpitante, corriendo veloz a contemplar la maravilla más de cerca. La muchacha no me sigue, no parece compartir mi entusiasmo. Quizá conoce las imperfecciones del paraíso que sus jefes le han dicho que me ofrezca.
Ya estoy en la playa. Entonces un extraño león de aspecto irreal  se da media vuelta, sale del agua y me mira fijamente. Mi instinto me dice que me va a atacar. Algo ha fallado.
No voy a huir… ¿para qué? Esperaré quieta. Así el sufrimiento será menor, todo terminará más rápido.

Ilustración de un folleto de los testigos de Jehová.
SEGUNDA PARTE
-¿Tú cómo interpretarías este sueño?- le pregunto a Pedro.
Él me dice que intente primero recordar alguna conversación o suceso reciente que parezca tener relación con algún elemento del sueño.
Pienso en la crisis, claro. En la famosa crisis. Gente sin trabajo, precios, sucursales de banco, alimentos a punto de caducar, contenedores de basura…
Pero ¿y por qué la playa, los animales? Recuerdo entonces que, un par de días antes, Pedro me estuvo hablando de los milenaristas. –Los testigos de Jehová- me había dicho- son milenaristas, creen que antes del Juicio Final habrá mil años de paz en la tierra. Estuvimos hablando de esos folletos ilustrados con estampas en que unos sonrientes seres humanos comparten su felicidad con los animales. Recordamos también aquellos preciosos paraísos pintados por Edward Hics, poblados de pacíficas fieras. ¡Qué amable naturaleza de mentira, nada parecida a la que nos muestran esos programas de nuestro amigo Félix, en los que la fascinación de la vida parece residir en el juego de matar y morir!
¡Qué triste situación la de los seres humanos! Depredadores arrojados a un mundo monstruoso, obligados a devorar a otros animales (con nuestros dientes embellecidos por la ortodoncia, eso sí, pero dientes, al fin). Anhelando encontrar una realidad distinta. Inventando paraísos, o recordando, o anticipando: paraísos en otros mundos, paraísos en la Tierra. El jardín de Adán y Eva, donde todos los vivientes parecían alimentarse de fruta, y que resultó tener un desgraciado fallo interno en forma de serpiente. El más allá celestial de tantas religiones. El más acá de revolucionarios justicieros, vendedores de utopías casi siempre manchadas de sangre.
O nuestro actual paraíso de la Calidad de Vida. Son tres palabras, Calidad De Vida, que pronunciamos siempre con profunda reverencia porque son sagradas. Esos testigos, ya lo sabemos, son anacrónicos, ingenuos. Como nos creemos muy listos vamos y nos reímos. Y después, muy seriamente, escuchamos los sermones de la nueva religión. Los grandes gurús del marketing y la economía guían nuestra fe: nos ofrecen un paraíso en la Tierra y de vez en cuando nos lo hunden, para que les recemos más pidiendo la salvación. Vivimos en un templo en forma de fabuloso centro comercial que vende, fundamentalmente, envases. Creemos haber dominado la naturaleza. Nos deslizamos con nuestro carrito de la compra entre repisas repletas de bonitas formas geométricas que nos sumergen en una fantasía de orden, seguridad y confort. Nuestros principios morales más altos son el equilibrio nutricional y la buena presencia. Nuestro lenguaje es soez, sin embargo, y nuestros espectáculos no digamos, pero no importa porque vamos muy limpios y bien vestidos. El pecado es estar gordo o no saber combinar la ropa.
La construcción, a simple vista, da el pego, como esos atractivos objetos de los bazares. Pero de  pronto se rompe porque estaba mal hecha, tenía demasiados fallos internos (técnicos y éticos). Y entre los escombros del Estado de Bienestar aparece con su verdadero aspecto el mismo ser humano de siempre, aterrado, ignorante, egoísta y brutal, víctima de una perpetua realidad incomprensible, mordiendo y arañando para sobrevivir.
Tal vez sea preferible no meterse a interpretar los sueños.